Conclusión sobre la Marcha Nacional del Silencio
La Marcha Nacional del Silencio no fue masiva, pero sí significativa. Frente a un despliegue institucional desproporcionado y una narrativa de descalificación anticipada, Generación Z México dejó claro que el impacto no siempre se mide en números. El silencio, en un país acostumbrado al ruido, también es una forma de resistencia.
Mientras los centros comerciales y las tiendas estuvieron abarrotados, la Marcha Nacional del Silencio no fue masiva.
Aun así, no pasó desapercibida.
En el Zócalo de la Ciudad de México se desplegó un operativo diseñado para recibir a una multitud: barricadas, accesos bloqueados, antimotines y un despliegue que contrastó con el carácter pacífico y silencioso de la movilización. Al mismo tiempo, en redes sociales se activó con anticipación la maquinaria de desinformación. Antes de que la marcha iniciara, ya se anunciaba su “fracaso”.
La Ciudad de México no fue la excepción. En otras ciudades del país, como Guadalajara, también se registró presencia militar y policial. La reacción institucional fue desproporcionada frente al número de asistentes, pero proporcional al mensaje que se temía.
Desde Generación Z México dejamos claro que no estamos en una competencia de marchas ni en una disputa de cifras. No buscamos medir fuerza ni alimentar egos. Nuestra intención fue otra: expresar inconformidad ante la mala gestión del país y honrar a quienes ya no pueden volver a levantar la voz.
Y ese mensaje —silencioso, incómodo y contundente— sí llegó.
Porque la pregunta es inevitable: ¿quién decidió gastar recursos públicos en contener el silencio?
No es momento de señalar a quienes no asistieron. Lo importante es que estuvieron quienes eligieron estar: personas conscientes, valientes y comprometidas con la construcción de un país digno.
La Generación Z NO es un fenómeno pasajero.
La Generación Z tiene memoria, criterio y futuro.
Lo que esta movilización deja como aprendizaje es algo que otros movimientos aún no comprenden: el impacto no siempre se mide por el volumen. En un país saturado de ruido, el silencio es profundamente disruptivo. No fue una demostración de fuerza física, sino de conciencia colectiva. Y eso incomoda más, porque no puede desacreditarse con cifras ni narrativas fáciles.
Además, quienes participaron lo hicieron sin incentivos, sin acarreo y sin promesas. Esa participación nace de la convicción, no del espectáculo. Y la convicción organizada siempre representa una amenaza para cualquier sistema que se sostenga en la simulación.
¿Fue masiva? No.
¿Fue irrelevante? Tampoco.
Fue una semilla.
Y las semillas no hacen ruido cuando caen, pero los sistemas tiemblan cuando saben que pueden crecer.


Fotografo: Morgans
